Paladrar fino: acostrarse

   Decimos a veces, como una confesión resignada y casi culpable, que estamos rendidos. Proclamamos esa rendición ante la fatiga y el cansancio, pero suelen ser momentos con la suficiente dignidad aun como para reconocer en ellos solo el fin de una batalla. Y entonces nos deberíamos ir a dormir.  O al menos a reposar nuestro cansancio, por ahí echados, porque estamos tan cansados que no sabemos ni por dónde empezar a dormir. Y empezamos tal vez lamiéndonos las propias heridas, para que se duerman antes que uno. Si fuera posible esa anestesia.... Aunque siempre es preferible contar con el afecto de otro para lograr conciliar el sueño.  En esos momentos, pese a que no queremos una rendición absoluta, firmaríamos un armisticio provisional. Y tras remolonear en exceso en nuestro empeño por seguir en vigilia, avistamos finalmente el descanso como inevitable, no porque asumamos algún tipo de debilidad infinita sino al contrario, porque aceptamos con cierta entereza nuestra robusta y saludable finitud. Vienen aquí muy bien pintiparadas las declaraciones del cascote tras el terremoto: "me conservo entero!". 
   ¿Por qué postergamos la retirada? Es como si nos costase reconocer que tumbarse no es necesariamente irse a la tumba sino el único modo de luego levantarse y sobreponerse. Levantarse sobrepuesto. Y despierto. Es, sobre todo, para evitar que nos ocurra como a ese que le preguntaba su amigo "¿cómo haces para acostarte siempre tan tarde y no levantarte cansado?" y este le responde: "Ese es mi secreto: siempre estoy cansado". Como el cuerpo tiene sus resortes, cuanto más dura e intensa se pone la lucha más en vela nos solemos mantener. A veces nos vemos no solo rendidos sino sacudidos, quizá no siempre es una sacudida interna. Pero sacude dentro, eso no varía.  Y en ese momento en que acostarse cuesta tanto, ese momento quizá a una alta hora de la noche, quizá ya al amanecer... puede que confiemos en que el propio sueño sea benévolo: que llegue y comience a curar las heridas recientes, por breve que sea su visita. Será sin duda el primer sueño reparador de muchos. ¿Por qué no llamar a ese momento acostrarse? Y añoramos que el sueño nos toque con el cuento de su vara, como deseaba el poeta y señor de La Torre de Juan Abad:


Cuidados veladores
hacen inobedientes mis dos ojos
a la ley de las horas;
no han podido vencer a mis dolores
las noches, ni dar paz a mis enojos.
Madrugan más en mí que en las auroras
lágrimas a este llano,
que amanece a mí mal siempre temprano.
Y tanto, que persuade la tristeza
a mis dos ojos, que nacieron antes
para llorar que para verte, sueño.
(...)




Jesús Megía López-Mingo
Junio 2017



Paladrar fino: peotardos y enerbrar


 1. Aquella prenda de lana o algodón que cubre desde la cintura hasta los dedos pulgares de ambos pies (también los otros ocho, pero son los pulgares la referencia más meridional del cuerpo usualmente) y que sirve para abrigar las extremidades inferiores y bajos en general de la persona. En caso de personitas (concretamente de 2 a 4 años), esta indumentaria es especialmente engorrosa a la hora de gestionar el pre y el post de aguas mayores y menores del infante o infanta. Y dentro de las mayores de las aguas, el proceso de manipulación de la prenda va cobrando estatus de trama de suspense por la intriga (o incluso angustia, según las prisas del momento) de averiguar y certificar el estado de solidez o liquidez del residuo. De tal modo que, si por los brumosos indicios de la presencia de aguas había confusión en su naturaleza con una mera explosión ventosa, deslizar esta prenda provoca una intriga a la que hubiera dado su aprobación el mismo Hitchcock. O al menos Amenábar, tampoco se trata de exagerar. Y hasta que se descifra si el protagonista es cacota o solo un peo, el final se demora unos eternos segundos que nuestras retinas y nuestras meninges tardan en asimilar. De ahí el nombre de la prenda: peotardos




2. Meter la hebra por el ojo de la aguja sin éxito, reintentarlo sucesivas veces con cada vez más fuerza y empeño que maña y calma, probando y reprobando y volviendo a probar. Lo que se prueba es especialmente la paciencia. O se gana la batalla por pura casualidad o se gana una punta deshilachada. Este verbo, primo de la tortura, se puede aplicar también a sufrimientos análogos como son el abrir una bolsa de plástico del supermercado o el encontrar la punta del rollo de cinta adhesiva o celo, por mucho celo que se ponga en el desempeño de la tarea. Cuando se presenta alguno de estos retos uno no piensa precisamente en que el esfuerzo tiene en sí mismo su propia recompensa, sino que a la mente acuden reflexiones sesudas (como para no sudar...) de este jaez: "¿quién habrá sido el hijo de p...a que ha dejado así el rollo de celo sin despegar la puntita?" o "¿por qué me habrá dado la bolsa cerrada el p...o cajero/cajera y en vez de eso se deleita como quien contempla a un tiranosaurus rex haciendo ganchillo? Tensan tanto los nervios estas tareas que merecen ser denominadas con un único paladro: enerbrar.




Jesús Megía
Mayo 2017
  


El ascensor de Jacob (3)

                                     Tres
 
   Pasó más de una semana desde la recreación de Leucós y aún no había muchos indicios de que fuera a cumplirse la promesa que Jacob había lanzado a El Caballero casi desde el orgullo y la vergüenza. Aunque el tiempo no se había pactado en aquel compromiso y el cliente tampoco había exigido un plazo concreto, habían transcurrido ya diez días y Jacob creyó oportuno informarle telefónicamente de que por supuesto las gestiones de búsqueda de la Gracia en funda de almohada seguían. Pero la voz de El Caballero sonó seca y con prisas: “De acuerdo, no puedo dedicarle ahora tiempo. Esta tarde acudirá mi Escudero a El Almacén y usted ya le explica lo que quiera”. Pero de parte del cliente aquella tarde no vino a la tienda el tal Escudero. Sí se presentó en cambio una muchacha veinteañera, de pelo largo y moreno, que por casualidad plantó su figura decidida y resuelta ante la persona de Jacob y le preguntó: “¿Puedo hablar con Jacob, por favor?”. Algo de aquella chica debió de activar en ese instante la tecla “STOP” o “HOLD” de Jacob, tal vez la brutal belleza de sus ojos que ya sonreían sin necesidad de que su boca sensual los acompañara. El caso es que al quedar Jacob imposibilitado por unos segundos de las funciones del habla, de la motricidad y aún casi de la respiración, el que respondiera a la chica tuvo que ser Samuel que andaba por allí cerca:

   -Desde luego que puedes, ya lo estás haciendo de hecho. O a punto de hacer… -ayudó Samuel impaciente mientras reponía en su balda Pasión en Bufandas de Otoño.

   -Ah, así que eres tú –dijo la encantadora morena dedicando ahora su sonrisa a Samuel.

   -No, pero si mi compañero tarda un poco más en reactivarse puedo transformarme en Jacob, que es él –y el dedo índice de Samuel marcó la dirección hacia donde habían dirigirse los encantos de aquella criatura, incluida especialmente su celestial mirada.

   -Ah, entonces eres tú…

   -Buenos días, yo soy Jacob ¿en qué puedo ayudarle? –y el arrepentimiento llegó antes de pronunciar la última sílaba, porque no sabía el motivo de haber saludado tan ceremoniosamente, de haber dicho “yo soy Jacob” como obligado a reivindicarse a sí mismo, de haber usado una fórmula tan encorsetada de atención al cliente y, sobre todo, de haber llamado de usted a aquel ángel que sin duda era algo más joven que él.    Pero dentro del arrepentimiento, se sintió aliviado de haber roto su silencio y bastante animado por vencer una vez más la timidez que marcaba su carácter.

   -Buenos días… me llamo Ángela. Vengo porque tenemos encargadas unas fundas de almohada y creo que esta mañana has llamado para avisarnos de que ya las habéis recibido ¿verdad?

   De nuevo Jacob no reaccionó enseguida. Pero esta vez a la impresión arrebatadora de la belleza se sumaba el desconcierto por aquella premisa falsa que la muchacha pretendía introducir, si bien con interrogantes, como verdad. Y eso fue justamente lo que detonó su salida del ensimismamiento. Aunque poco a poco.

   -Bien, supongo que se refiere usted al encargo de El Caballero…

   -Sí, él es mi padre.

   Jacob venció el titubeo y se esforzó por esfumar de su imaginación qué le habría contado El Caballero a su hija en relación a su persona y a aquel extraño encuentro de hace diez días. Y retomó la conversación:

   -¿Entonces les hemos llamado para avisarles de que ya están disponibles las fundas? Ojalá fuera verdad. Pero sencillamente le llamé yo esta mañana para mantenerle informado de que continuamos con las gestiones y de que con la mayor brevedad posible les volveremos a llamar… -observó que la chica no perdía ese milagro natural que era su sonrisa, de lo que dedujo que su “premisa falsa” había sido tal vez una estrategia de cliente impaciente y astuto. Vaya, cuánta hermosura e inteligencia juntas.

   -Vale. Nos volveréis a llamar… ¿para avisarnos de que ya están las fundas aquí?

   -Eso espero. Hoy le he llamado sólo para informarle de en qué punto del proceso estamos, lo que viene siendo un follow-up.

   -¿Un qué?

   -Nada, cosas mías. Era sólo para informarle… -de nuevo titubeaba, cosa impropia en él.

   -Sí, informarme… “de en qué punto del proceso estamos” –repitió Ángela sonriendo y su sonrisa se hizo risa y con ello ascendió Jacob a los salones del décimo cielo o Empíreo, su dicha trascendió toda dulzura y lamentablemente a continuación tuvo que bajar ya a la mundana región de El Almacén, donde por suerte quedaba algo de éter en el rostro material y temporal de la hija de El Caballero que, tras la fugaz excursión del vendedor por los cielos, seguía riendo como el ángel más inocente de toda la plantilla de Dios.

   -Efectivamente –dijo Jacob- ese es el follow-up.

   -Vale, ¿y exactamente en qué punto del proceso estamos ahora según el follow-up? –la chica se divertía a rabiar con Jacob, aunque no fuera la intención de éste. Pero gracias a la simpatía de Ángela, también él se relajó por fin.

   -Pues estamos en el punto… en que se han realizado dos pedidos.

   -¿Dos pedidos nada menos?

   Si esta criatura seguía riéndose de aquella manera, al alma de Jacob le iban a brotar un par de alas que le hicieran fugarse de la cárcel del cuerpo para irse planeando hacia el mundo de las Esencias, como narró un sabio anti-poetas.

   -Sí, sí, dos pedidos. Y una recreación.

   -¿Una qué, perdona?

   -Una recreación. La hizo nuestro ensamblador, Leucós.

   -Me tienes que explicar detenidamente qué es eso de la recreación y quién es Leucós. ¿Y dices que has hecho dos pedidos?

   -Sí, uno a El Almacén de Las Pedroñeras y otro a LUISMA.

   -Toma ya! ¿Y se puede saber quién ese ese? ¿otro ensamblador vuestro?

   -No, LUISMA es el nombre de una empresa proveedora de mercancía descatalogada.

   -Ah, qué curioso. ¿Y cómo ves tú que van esos pedidos? ¿en qué punto del proceso están? -ella frunció el ceño cómicamente; todo le parecía gracioso y peculiar a aquella muchacha y, en esa medida, los rincones grises de El Almacén y del mundo en general se tornaban también para Jacob en pequeños jardines salvajes pendientes de ser explorados de la mano de aquella joven mensajera.

   -Bueno, no te puedo mentir –el paso al tuteo no resultó tan abrupto-, el pedido a LUISMA es algo complejo…

   -¿Nos podemos ir olvidando del éxito de ese pedido? –y por un momento pareció ponerse seria.

   -En fin, olvidarse de LUISMA no es tampoco aconsejable…

   -Bueno, pues no nos olvidemos de él, estoy segura de que le harás el folow-up fenomenal! –con esta última carcajada de Ángela, sintió Jacob que las suelas de sus zapatos comenzaban a flotar a varios centímetros de las baldosas grises del suelo de aquel ordenadísimo recinto en el que concretamente él ya estaba descolocado por completo.

   -Claro, claro… y en cuanto al pedido a Las Pedroñeras, te cuento…

   -¿Sí? -Esta mañana me han confirmado que allí disponen de exactamente dos unidades de Gracia en Funda de Almohada.

   -Las que necesitamos precisamente, eso está muy bien ¿no?

   Ese tono ingenuo de Ángela conservaba de alguna manera y aunque parezca paradójico, el estilo mafioso que su padre había exhibido diez días antes. Jacob creyó que esas palabras de la chica aparentaban no tener malicia y, sin embargo, dejaban resonar un inquietante “nos vamos entendiendo”. Y aquella reflexión le vino bien para dejar de levitar estúpidamente. Recordó en ese momento la letra de una bonita canción:

...y he sabido que no eres diosa o diablo, sólo una mujer de carne y hueso

  Así que tomó las riendas de la conversación con comodidad y decisión, proponiéndose no caer de nuevo:

   -Sí, es perfecto. Pero de momento no te puedo facilitar más información. El pedido se ha hecho junto con más mercancía que necesitamos transportar desde ese Almacén y en aproximadamente otros diez o doce días lo tengamos ya todo aquí.

   -Vale –ella percibió que algo le había enfriado de repente al vendedor, pero eso no cambió mucho su natural simpatía-. ¿Y me puedes contar algo acerca de esa “recreación” que has mencionado antes?

   -Por supuesto, se trata de un proceso de reciclaje y mezcla que… -y respiró antes de continuar, porque ya el amor se empeñaba en traspasarle de nuevo desde la cuarta costilla hasta la vértebras lumbares- …que tiene como objetivo recrear un original concreto, digamos tu Gracia en funda de almohada, a partir de elementos o principios esenciales de otros artículos –dijo secamente, a lo que siguió un silencio de  cuatros segundos y ochenta y seis centésimas.

   -Tengo una pregunta…

   -¿Sí?

   -¿Cómo has sabido que la Gracia era para mí?

   -Ah, no lo sabía…

   -Sí, pero has dicho “tu gracia” ¿cómo sabías que eran para mí las almohadas?

   -Yo… me acabo de enterar ahora que me lo dices. Dije “tu gracia” porque has venido tú hoy a preguntarme, no porque supiera que era para ti –Jacob se sintió un poco raro.

   -Me parece muy bien, porque no son para mí las almohadas, son para mi madre –dijo Ángela sonriendo de nuevo, empujando una vez más hacia el abismo el vagón de montaña rusa que era Jacob.

   -Si me permites el comentario, me parecía muy extraño que la Gracia fuera para un encargo para ti.

   -Ah, ¿sí? ¿y se puede saber por qué?

   -¿Y se puede saber por qué lo preguntas? Sabes de sobra la respuesta ¿verdad?.

   Ahora era ella quien se quedó de momento sin palabras. Pero a ella siempre le salía espontáneo su mejor recurso y los cielos volvieron a abrirse ante Jacob en forma de sonrisa. De allí mismo sacó él la inspiración para bordar aquella maniobra y sin querer le salió con su mejor encanto:

   -Te propongo algo. Ahora tengo unas cosas pendientes aquí en El Almacén, pero si vuelves mañana a esta misma hora te mostraré tranquilamente cómo es una recreación de Esencias.

   -Mañana a la misma hora.



                             Cuatro

   Gracias al encuentro entre Jacob y Ángela por la tarde, algo muy curioso se propició aquella noche . Mientras ella en casa relataba a su padre la visita a El Almacén, el vendedor volvió a soñar con aquella escalera apoyada en tierra y cuya cima tocaba los cielos. Sin embargo, en esta ocasión la pesadilla se tornó en dulce sueño. O al menos agridulce. De nuevo vio subir y bajar por aquella escalera a individuos de diferente estofa, pero esta vez Jacob puso tanto empeño por subir por la escalera que esta se convirtió de improviso en nada menos que un gran ascensor, con ese arte de improvisada trasfiguración que sólo caracteriza a los sueños. Aquella facilidad, como es normal, le alegró mucho pero en su corazón se mezclaban el deseo y el temor. «¡Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!». La puerta del ascensor se abrió y Jacob vio que desde dentro un ángel de belleza singular le invitaba a subir con una sonrisa pura y sin sombras. Se despertó sin recordar si había llegado a entrar al ascensor, que es lo mismo que no haber entrado. "¿Y qué importa eso, si no me ha sucedido realmente?". Pero la verdad es que a todos nos ha importado alguna vez un sueño.

   Ya entrada la mañana, le llegó la noticia de que en la valija diaria había llegado un pedido desde Las Pedroñeras. Esto le llamó la atención, aunque era algo pronto para recibir las fundas de almohada que él había pedido recientemente. Tras preguntar a Josef y comprobar por sí mismo el albarán, resultaba que efectivamente habían llegado las fundas gracias a que se había tramitado como un pedido urgente. Sin embargo, ni Josef ni ninguno de sus cuatro compañeros sabían exactamente dónde estaba ahora la mercancía de la valija, aunque quien más y quien menos la habían visto en algún momento, siquiera fugazmente. Jacob la buscó a conciencia por todo El Almacén e indagó con unos y con otros reconstruyendo su recorrido desde su recepción. Lilit, quien primero la había visto, afirmó que había sido ella la que firmó el albarán y la que guardó todo el pedido en la despensa, como es habitual para que luego se tramitara. Jonás reconoció que estuvo en la despensa y que había dado salida a dos de los artículos del pedido -una Fidelidad en albornoz de hombre y un Alivio en funda de puff- y que efectivamente había visto las dos Gracias en funda de almohada y no las había siquiera tocado. Nicasio reconoció que sobre las 10:15 había cogido las almohadas, pero con su acostumbrada sencillez se justificó: "Como estaban descatalogadas y no sabía donde iban, las llevé al Sótano 4". Con esa noticia Jacob se apresuró hacia el ascensor; es comprensible que al abrirse la puerta él esperara encantarse un ángel de sonrisa deslumbrante, pero en su lugar allí se mostró el bueno de Katharós, que era también una aparición agradable por mucho que no colmara las ilusiones de Jacob. Diferencias estéticas aparte, ese encuentro en el ascensor habría de ser determinante para las desventurada aventura de Jacob en su búsqueda de la Gracia, pues casualmente Katharós sí que sabía del paradero de las fundas de almohadas.

   Katharós, de carácter afable y hedonista en el sentido menos frívolo, se encargaba de coordinar la recuperación de productos retornados, o con el embalaje abierto o en alguna medida tocados, pero no hundidos. Precisamente subía de la planta -3, donde había dejado a Leucós diez cajas de Entusiasmo en medias de rejilla defectuosas, para que separase y los aprovechable para futuras recreaciones. Al toparse con él cuando iba a salir del ascensor, Jacob le empujó graciosa pero firmemente de nuevo al interior:

   -Tú puedes y debes ayudarme.

   -Ya me dirás...

   -Según Nicasio, hay un par de fundas de almohada en la -4...

   -¿De qué esencia?

   -Gracia...

   -¿Color Sombra Húmeda de Ciprés?

   -Premio!

   -Pues... sin premio!

   -¿Qué?

   -Han estado... pero ya no.

   -¿Cómo?

   -Descatalogadas, tenemos Gracia en la -3 para parar un tren, poco espacio...

   -¿Las has tirado a la basura?

   -Jacob, esa pregunta es demasiado larga y redundante. Y su respuesta es corta y rotunda...

   -¿No?

   -Sí

   -¿Si que no?

   -No: no que sí. Lo siento.

   -¿Tan rápido?

   -A veces tardo menos incluso.

   -Por favor, no te recrees. ¿Sabes de dónde venían esas fundas que has tirado a la basura y lo que supone eso?

   -No, pero estoy seguro que me vas a ilustrar de inmediato.

   -De Las Pedroñeras!

   -Oh! Buenos ajos.

   -Sí, morados concretamente. Pero vamos al ajo que me interesa: esas que has tirado eran probablemente las últimas fundas de su género y especie! Y no están descatalogadas... de hecho eran para un cliente que las ha visto en el Katálogo.

   -Pues en la KABEZA ponía...

   -Sí, ya sé lo que ponía: SIN STOCK, SIN CONTINUIDAD, SIN ALTERNATIVA. Pero deberían haber quedado hasta el próximo mes de julio.

   -Lo siento, Jacob. ¿Y por qué narices me las ha bajado Nicasio?

   -Por lo mismo que las has tirado tú: por dar por supuesto ¿te das cuenta?

   -Por supuesto... que no. ¿Qué he dado por supuesto? ¿Y por qué no nos habíais avisado de esto antes para evitarlo?

   -Perdona, Katharós, tienes razón. Resulta que el pedido ha llegado de improviso esta mañana, mezclado con otras cosas y tal vez no ponía ni mi nombre en la caja. Tú sólo has resuelto algo de manera eficaz -Jacob veía aquello como una catástrofe negra como el traje que lucía de El Caballero el día que vino a comprometerle.

   -Vamos, vamos, arriba los corazones. Seguro que Leucós puede hacer algo.

   -Ya probé esa opción. No le queda bien la recreación.

   -No me lo puedo creer ¿a Leucós?

   -Sí. No tiene el color.

   -Existen tintes...

   -Por favor, Katharós...

   -¿Por qué tanto interés? ¿para quién es?

   -¿Qué más da? Es un cliente. Bueno, y una clienta también.

   -No me digas... ¿es aquel bombón con la que hablabas ayer por la tarde?

  -Sí ¿y qué pasa?

   -Qué profesional, Jacob...

   -¿Detecto recochineo?

   -Detectas, de-tectas...de eso tampoco andaba mal tampoco.

   -No seas grosero, no te pega.-y eso era totalmente cierto y Katharós está inmediatamente de acuerdo con ello-. Ella vino a ver qué pasaba con el pedido. El encargo lo hizo el padre va a hacer ahora unas dos semanas.

   -Ya. Y la presión la ejerce ella mejor que el padre ¿no?

   -No me seas puñetero y trata de ayudarme. Bueno, si te cuento lo último, igual te caes de espaldas.

   -¿Qué?

   -Que la he invitado esta tarde...

   -¿A un café?

   -A asistir a una recreación de Leucós.

   -¿Qué..? Venga, Jacob, sujétame que me caigo.

   -Como lo oyes.

   -Bueno, pues dime a qué hora vendrá porque no me lo quiero perder.

   -Eh, ya veo que también quieres supervisar el trabajo de Leucós.

   -Sí, sí. El trabajo de Leucós y todo lo que haya que supervisar.

   -Anda, sal ya del ascensor que tienes un peligro...

   -No te preocupes, Jacob, que me van más las morenas interesadas en Gracia para funda de almohada más que un tío que vende humo.

   -Bueno, como ella se entere de que hemos tirado a la basura sus fundas, este asunto sí que no va a tener ninguna Gracia.

   Las risas cómplices de Katharós y Jacob resonaron en aquel ascensor que no había subido ni bajado ningún piso durante esa breve conversación, pero que a la vez se había movido de algún modo hacia la imagen común que ambos tipos tenían de Ángela. Como la que tenía Jacob era algo más completa, le fue haciendo a su compañero un boceto verbal de aquellos ojos y aquella sonrisa que eran las ventanas mismas del cielo una mañana soleada abiertas de para en par para que se ventilase El Almacén. Pero ambos habrían de esperar a la tarde para retomar la ventilación. Y no había apenas tarde en invierno, el sol tras la sobremesa corría a sus biombo de nubes y desde allí se lanzaba al suelo sin otro propósito que estrellarse.
(...)

Jesús Megía López-Mingo



 



                                   

Miradores hacia un infinito siempre peor


"EL HORIZONTE" (Joan Manuel Serrat)

Puse rumbo al horizonte
y por nada me detuve,
ansioso por llegar
donde las olas salpican las nubes, ...

y brindar en primera fila
con el sol resucitado,
sentarme en la barandilla
y ver qué hay del otro lado.
Y cuanto más voy pa' allá
más lejos queda,
cuanto más deprisa voy
más lejos se va.
Allí nacen las leyendas
y se ocultan los secretos
y se alcanza a dibujar
con las estrellas en el firmamento.
Sueño con encaramarme
a sus amplios miradores
para anunciar, si es que vienen,
tiempos mejores.


 A veces usamos como equivalentes las expresiones "ponerse una meta" y "tener un horizonte" pero mientras que las metas se concretan en algo susceptible de ser alcanzado, el horizonte es siempre tan relativo e indéxico como "allá", "mañana" o "futuro". Una de las metáforas más alentadoras y tramposas es esa de "ampliar horizontes". Como dice esta canción, "cuanto más voy pa'allá más lejos queda". Tener un horizonte es poner voluntariamente contorno o límite a lo indefinido, enmarcar provisionalmente lo infinito, dado que ese horizonte siempre va escapando más y más lejos. Decimos que vamos ampliando horizontes pero en realidad lo desplazamos hasta el infinito, como si las vidas fueran vastas y esféricas como nuestra Tierra y a lo lejos pudiéramos divisar, más borrosas que nítidas, las puertas de ese infinito. Y el infinito es ese expediente o comodín que usamos para referirnos a una idea cuyo referente no podemos humildemente abarcar por definición (pues no somos infinitos), pero que al darle nombre pretendemos ya tenerlo de algún modo dominado o al menos amansado. Tanto que hasta los matemáticos hablan de que hay diferentes tipos de infinito: hay infinitos más grandes e infinitos más pequeños. Y si también podemos hablar de horizontes mayores y menores según lo deseable que sea la quimera de pisarlo ¿cómo es el horizonte colectivo que nos gusta pintarnos en la actualidad? ¿no es verdad que nos disgusta pretender que tras esos miradores se ven tiempos mejores?
 
Jesús Megía López-Mingo
Febrero 2017

De por qué elegí como sueño de "DREAM BUILDER" viajar a Fuerteventura con mi chica y con mi niño


  “No tenemos sueños baratos”. Es el anuncio de La Primitiva, lo he escuchado cientos de veces este año. Cada mañana al venir a IKEA escucho la radio y ese anuncio me parece de lo más simpático. Es un mensaje divertido  que en el fondo viene a decir lo mismo que aquella irónica frase que se atribuye a Woody Allen: “La verdadera felicidad está en las pequeñas cosas: una pequeña mansión, un pequeño yate, una pequeña fortuna…”  Escucho el anuncio y miro por el retrovisor a mi novia y a su lado mi cachorro, arrellanado en su silla y con su mirada en el tráfico de la M-45. Me pregunto qué soñará él. Hay noches que oigo cómo sueña en voz alta, más concretamente “pesadillea” a voces. Como cualquier otro niño. Pero hay mañanas que, con su lengua de trapo pero con todo lujo de detalles, me cuenta lo que ha soñado: en una nave espacial van caballeros de armadura negra y espada en la mano que luchan contra dragones que echan fuego, que luego se mudan a dinosaurios con un cuerno en la nariz y luego viene un “pez marino” (parece que quiere distinguirlos de los peces fluviales…) y al final se hacen todo amigos. Pues me gusta ese sueño, me gustaría soñarlo. Este año cada mañana antes de ir a IKEA los he llevado a  ambos a la escuela infantil, donde mi novia trabaja y mi hijo disfruta de sus primeros años académicos.  En el coche no le pregunto ya por su sueño, sino que le saco de sus ensoñaciones. “Héctor, ¿quién es esta que habla?” le espeto cuando, tras la cuña publicitaria, continúa el informativo. “Pepa Bueno”, dice como quien acierta jugando al Trivial. Y las noticias y opiniones de actualidad salen de la boca de la locutora con una velocidad endiablada, mucho más rápido que el sueño narrado de mi hijo y, sobre todo, más rápido que el tráfico cuando nos desviamos a la carretera de Toledo dirección Getafe. Los sueños y el tráfico son lentos, la realidad es rápida. Me las pinto solo filosofando los lunes por la mañana, por si no fueran lo bastante duros de por sí…




  Quiero explicar aquí por qué elegí como sueño viajar de luna de miel a Fuerteventura con mi novia (bueno, en el viaje ella se habrá transformado en esposa como se mudan los dragones en dinosaurios, pero con más glamour…) y con mi hijo. Pero tras semejante párrafo ya se echa de ver cuánto me cuesta ser breve. Ya sé, ya sé eso de “lo bueno si breve, dos veces bueno” o lo de “menos es más”. Pero no siempre menos es más, ni siempre más es menos. Las matemáticas son paradójicas pero no tanto. Si me dan a elegir, prefiero “mucho y bueno” a cualquier otra alternativa. Y supongo que la mayoría igual. Y al hilo de esto, si a uno le piden que elija qué sueño quiere que se le cumpla… ¿se va a conformar con que eso de que “menos es más”?, jaaa! Por eso precisamente triunfa el anuncio de La Primitiva. Por cierto, ahora ponen otro anuncio de lotería (el del 11 del 11 de la ONCE) en el que en una supuesta tómbola celestial de “tipos de vida” uno puede elegir entre un escaparate de vidas de los más fascinantes, supuestamente por completo diferentes de la vida miserable que llevamos los pobres…

    Pues bueno, uno puede ser ambicioso a la hora de elegir un sueño pero… no tan pobre como para creer en tómbolas de vidas de película logradas a golpe de premio millonario. O mejor dicho, yo ya creo que mi vida es de película, con su variedad y altibajos argumentales pero que en gran medida me gusta. Por cierto que hay unas cuantas películas con esa lección o moraleja (“Qué bello es vivir”, “Family Man”). Si a esto se une que en las bases del concurso de Dream Builder ya se hacía referencia a la condición de que debía de tratarse de un sueño fuera factible… directamente renuncié a la posibilidad de quimeras. Cuando Belén, a la postre mi dream-machine, una tarde de julio me escribió preguntándome por mi sueño ¿cómo le iba a decir que mi sueño era viajar en una nave con caballeros de armadura negra y espada que luchan contra dragones-dinosaurios y peces-marinos-pero-no-fluviales y al final todos quedamos como amigos? La realidad virtual hace maravillas, pero en aquel momento no caí en eso, caracoles! Más bien evité responder y le pregunté cuál era su sueño y rápidamente me dijo que era uno imposible: pasar un otoño en Nueva York con su hija Paula. ¿Imposible? Entonces bromeamos sobre si quería de extras a Richard Gere y a Winona Ryder, en cuyo caso sí que se complicaría toda la implementación onírica en el plano físico, valga por la pedantería.

   Entonces sentí con el cuerpo y con alma y, sobre todo, con la nariz -porque ya me lo olía- que un sueño tipo Dream Builder al modo IKEA debía de tener esa característica esencial del sueño de Belén: compartir algo con el ser o seres que más quieres en tu vida, pero, peeeero… calibrando un poco mejor las magnitudes y las distancias. Y fue cuando pensé: “en unos meses me caso, mi sueño más inmediato es disfrutar de un viaje de novios con mi chica y mi chico”. Y esto es así, porque él no se cansa de repetir que se va a casar con mamá y con papá, así que de ese viaje de novios sería más fácil echarme a mí que a él (como, en efecto, ha ocurrido con mi hueco en la cama marital, que algunas noches el renacuajo ocupa con una dudosa legitimidad, bueno, dudosa para mí porque él tiene bien claro cuándo y cómo extraditarme al sofá del salón). Así que primero le respondí a doña Belén Luna que mi sueño era una luna de miel en Fuerteventura. Pero recalibré inmediatamente el destino y le dije que tampoco me importaba que fuera en el Cerro de Los Ángeles, aquí en el sur de Madrid. ¿Acaso había soñado yo alguna vez con el Cerro de Los Ángeles? Pues sí, pero hace muchos años y fue una pesadilla provocada quizá por una indigestión: soñé que disfrutábamos de una comida campestre en familia en aquel pinar y que haciendo el fuego (antaño había mayor permisividad que hogaño en ese aspecto) la cosa se nos iba de las manos y ardía el pinar y cerro entero con su célebre Santísimo Cristo incluido, tras lo cual nos detenía un miembro de la Benemérita (dato este cuanto menos curioso, pues suelen ir en pareja, pero puede que el otro miembro estuviera dando el aviso al cuerpo de bomberos, esto ya no lo soñé sino que lo supongo ahora con el paso de los años y la poca o mucha experiencia que estos me han dado). Y desde aquel sueño pesado tengo animadversión tanto a los pirómanos como a los tricornios, siendo las maneras de ambos gremios tema de controversia para mí. Por todo esto será fácil comprender que inmediatamente rectificara y le dijera a Belén: “calla, calla, mejor Fuerteventura!”




     Una luna de miel en Fuerteventura con mis dos tesoros es algo que no tiene precio. Bueno, que le pregunten a la dream-machine si lo tiene o no. Arriba hablaba yo de no pedir quimeras, como si hubiera alguna más grande que pedir una luna-de-miel, ahí es na. Es inevitable recordar a Hugh Grant y Andy MacDowell en aquel clasicazo moderno titulado  “Cuatro bodas y un funeral”: “¿Por qué crees que lo llaman luna de miel? –No lo sé, supongo que lo de miel viene de que es dulce y lo de luna porque es la primera vez que el marido le ve el culo de su mujer”. En fin, yo soy de esa inmensa mayoría actual que llega a la luna de miel habiendo ya disfrutado de las dulzuras de una larga relación. El culo de “mi mujer” también lo he visto en alguna ocasión. Pero me gusta decir que llego virgen. En todo caso nuestra luna de miel será muy dulce porque, como se suele decir, más que un viaje es una actitud durante un  viaje más largo. Y ya llevamos recorrido un tramo no desdeñable. En una ocasión le comenté a un extraño que Laura, mi novia, era la mujer de mi vida. Este extraño (concretamente era médico) me preguntó cómo sabía que ella era la mujer de mi vida si una afirmación así de excesiva solo se podía realizar al final de la vida de uno, justo cuando se puede valorar por fin si uno ha sido o no feliz, si ha habido más mujeres en tu vida, etc. Estaba claro que aquel tipo había leído a Aristóteles, al menos su “Ética a Nicómaco”. No era mi intención quedar por encima de una eminencia como él, pero se me ocurrió responderle que en el lecho de muerte no tiene tanto valor decirle a alguien “eres la mujer de mi vida”, sino que algo así debe sentirse y expresarse estando bien vivo y bien enamorado, por mucho que siempre quepa la posibilidad de que otras veinte o treinta mujeres (o al menos una, o tal vez un hombre o incluso un dragón o un dinosaurio o un pez marino) lleguen a ocupar ese rango en el corazón de uno. Porque nunca sabemos si habrá oportunidad de un lecho de muerte en el que pronunciar una declaración de amor, porque es preferible tener claro lo que se siente aquí y ahora y expresarlo sin cautelas, porque los libros de Aristóteles están aun vivos pero él concretamente está muerto. Pero una vez estuvo vivo y sentiría algo por una mujer. O por un joven discípulo. O por los peces marinos y fluviales, a los que dedicó su interés científico y muchísimas páginas en papiro. Por el que desde luego debió de sentir Aristóteles un profundo amor es por su hijo. Y en eso no puedo estar más de acuerdo con él…




   Ahora que he sido capaz de explicar algo más o menos esclarecedor sobre mi sueño, para ir terminando quiero aclarar algo muy importante que no acertó a explicar Hugh Grant. ¿Por qué se llama “luna de miel”? En mi caso se llama luna de miel porque el regalo es, como la miel, el dulce fruto del trabajo de una abeja muy obrera, constante e incansable que curiosamente es Luna. Si de alguien cabe decir que muestra día a día algún "valor de IKEA" es de ella. En su trabajo lo deja claro pero también en esta construcción de mi sueño, que es un pedazo de trabajo extra que le ha quitado más tiempo del que debiera. Era la persona idónea para una tarea así, porque mantiene el contacto con la realidad… tendiéndome un puente hacia mi sueño de bodas. Porque para ello era esencial tener una conciencia de costes. Porque tiene una enorme fuerza de voluntad y es más cansina que el mayor de los cansinos históricos. Porque es honesta siempre y pese a quien pese. Porque no solo tiene "valores de IKEA" (que obviamente tampoco son, por cierto, monopolio de esta compañía ni creo que lo pretenda) sino que es perfeccionista aun más que cansina (yo creo que lo de cómo atreza sus cuadros de Excel roza la compulsión). Porque como le han dicho alguna vez por ahí, tiene un coco privilegiado. Pero no es el Coco, aunque también lo pueden haber dicho por ahí alguna vez. Porque tiene un sentido del humor a prueba de bombas, a mí siempre me saca punta a cada frase y me tengo que descojonar. Y ahora voy a ser subjetivo (lo anterior no era mera opinión, era ciencia de la buena, de la de Aristóteles): porque ella forma parte de ese puñado de personas en este negocio (Raúl, Mónica, Belén…) que siempre, siempre me hace sentir más valioso o importante de lo que en realidad soy, valorando sobremanera mis opiniones o mis pequeños logros; sé que lo hacen espontáneamente y de corazón, lo cual hace que esa trampa de reconocimiento sea de verdad muy hermosa. Es una trampa especial porque es una trampa trampolín: uno gracias a ello y sin darse cuenta se deja llevar y salta a una altura mayor, aunque solo sea para zambullirse sin temor en otros vasos en los que no hay miedo a ahogarse. Ni a seguir soñando. 


JML-M

Octubre 2016



 

Rastro de una vida escrita

  Recordar con el cuerpo

  Oí que recordar es según su origen volver a pasar por el corazón. Pero eso significa sencillamente que lo que se recuerda pasa por esa víscera además de por la cabeza. Cuando lo que se rememora son personas queridas nos empeñamos en dar otra dignidad a esos recuerdos, una categoría aún más humana, más cercana, más viva. He oído y he leído “en mi memoria no eres sólo un recuerdo” o “no te recuerdo porque nunca te olvido”, como queriendo conceder una distinción a quienes recordamos. Se quiere expresar que mientras los meros recuerdos son archivos que nos representamos, los activamos con más o menos rapidez, desempolvándolos alguna vez y modificándolos siempre, a algunas personas en cambio no es que las volvamos a pasar por el corazón representándonoslas, sino que su presencia vive ahí de manera habitual por algún motivo. Y nos constituye, nos marca con una seña de identidad. Más allá de lo que esto tenga de poético o de folclórico, se me ocurren casos cotidianos de este fenómeno. Casos como cuando tenemos precisamente que olvidarnos un poco o dejar de contar con “quien no recordamos”. Por ejemplo: cuando de manera natural ponemos el cubierto en la mesa para quien ya no va a volver a comer con nosotros ni con nadie. O cuando naturalmente soñamos que tenemos con esa persona una conversación en la que, de pronto, saca como tema algo como “¿sabes que me he muerto?”.  A mí me ocurre de vez en cuando con personas que perdí.

   Hace poco he vuelto a ver esa película que tiene a la memoria como protagonista desde el mismo título: Memento. Tatuarse los hechos recientes, las novedades, para rememorarlos como advertencias y actuar con sentido a partir de ellos. Además de las lecturas e interpretaciones más recurrentes de "Memento" (la memoria al servicio de la supervivencia, la identidad construida sobre un flujo de conciencia, los recuerdos como elementos selectivos que se construyen poniendo, quitando y mudando, trayendo conexiones deseadas e indeseadas, los hechos no nos vienen tan hechos…), se me ha venido algo aún más básico: que muchas vidas (no todas) se viven desde, por y para el recuerdo. Como en la película, el cuerpo se reserva siempre un hueco para tatuarse un recuerdo que siempre se espera. Eso no es solo lirismo barato, así es como entiendo que es, por ejemplo, mi madre.

    Los cuadernos de Fe

    Mi madre no ha parado de escribir sus vivencias desde que empezó a hacerlo en la adolescencia o aún antes. Miles de páginas manuscritas. Yo he leído unas pocas, sobre todo me interesé cuando murió mi padre, en agosto de 2012. Ella siempre ha repetido que cuando muriese ya nos ocuparíamos de tirar a la basura todos aquellos cuadernos y libros, como invitándonos veladamente a que los leyésemos entonces o cuando fuera. Qué narices, para eso los escribió también. Me lancé en aquellos días de nuevo sobre sus primeros cuadernos y repasé también otros libros encuadernados suyos cuya ortografía yo había corregido hacía años a petición suya. Poesías que en su día me habían parecido pueriles o simplonas o directamente pura beatería ahora se me volvían bellas. Y me sentí tan orgulloso que empecé a compartirlas con amigos y allegados, cosa que a ella le pareció bien porque toda su vida ella misma lo ha hecho con sus amistades regalándoles sus escritos en cuidados “pergaminos”: cuartillas de caligrafía impecable con los bordes cuidadosamente quemados.

   Y en sus diarios de juventud además descubrí facetas de mi madre que habían permanecido ocultas para mí durante años, aspectos íntimos de su persona, sentimientos suyos hacia su hijos y su marido, anécdotas de niñez con sus hermanas y con su hermano, con su propios padres y demás. Aquello se me reveló al principio enternecedor y luego, sobre todo, un descubrimiento de la distancia que me separaba de mi propia madre. Me dije “qué suerte no haber esperado a que ella no esté para empezar a leerlo”. Y sobre todo qué suerte no haber esperado a haber muerto yo mismo, porque el ejercicio de la lectura en ese caso se me hubiera dificultado hasta lo indecible... Comenté con ella alguno de aquellos episodios de su infancia. Mi madre, como muchas personas, tiene una memoria extraordinaria para sucesos de antaño, así que muchos episodios que aparecen en esas páginas de hace cincuenta años aún hoy es capaz de recordarlos. Tal vez porque durante los años los ha evocado o leído. Otros eran de ese tipo de recuerdos que no se recuerdan porque no se olvidan, ya se sabe. La larga enfermedad que llevó a la muerte a su hermano Paco con apenas cuarenta años, la vida de religiosa de su hermana Aurelia, desavenencias cruciales con mi padre, etc. Otros detalles le parecían extraños o no era capaz de reconocerlos, como es natural.

   Ha escrito sobre cada capítulo destacable de su vida, bueno o malo. Y lo sigue haciendo. Y sigue repitiendo como hace veinte años “ya estoy cansada, esto es lo último que escribo”; esas palabras las he debido de leer y escuchar decenas de veces y nunca las cumple. Supongo que porque escribir la salva. Y sobre todo a día de hoy que ella oye apenas y permanece la mayoría del tiempo absorta en su mundo interior, sin ver la televisión (salvo las películas que ve junto a mi hermano Jorge) ni escuchar la radio ni participar en conversaciones que no sean con Jorge, con algunas vecinas y allegados o con alguno de nosotros cuando vamos a casa. Cuando hace tres años se rompió la cadera, tuvo que estar ingresada un mes lejos de su casa en el Hospital de rehabilitación Virgen de la Poveda en Villa del Prado.  Escribir poesías a las enfermeras era allí su mayor distracción hasta que le hacíamos la visita. En sus cuadernos no solo hay poesías sino una especie de diario, semanario o periódico personal. Alegrías, frustraciones, sucesos dramáticos de la familia, la visita de unos, el viaje en verano de otros, eventos festivos, penas que sobrevienen, episodios anodinos que cobran una significancia especial por algún motivo, aunque sea solo el de salvarlo del olvido... Predomina el verso sobre la prosa y resaltan como celebraciones caligráficas las frases entre signos de exclamación. Redundantes signos dobles incluso. En mi casa siempre se habló en voz muy alta y la suya era la más alta de todas aquellas seis voces. Pero en muchas ocasiones mi madre muestra una faceta más rigurosa que emotiva. Es puntillosa con los detalles y deja anotadas, por ejemplo, las pautas diarias de una medicación, los platos que se degustaron en una reunión familiar, la relación de personas que asistieron y sus palabras. Algunos de sus cuadernos son algo más que palabras (de una cuidadísima caligrafía), son álbumes ilustrados a todo olor y color, en algunas ocasiones son el mapamundi de su universo: un texto que no se teje solo con palabras sino con ilustraciones de su propia mano. Así, hay dibujos intercalados de sus hijos y de sus nietos, suplementos marginales que se despliegan con algún secreto o con alguna trivialidad que añade misterio, sus clásicos papeles con borde quemado y pegados con pegamento de Noveprén (a eso huelen las páginas, pero también a pomada y a jabón aromático), cientos de estampas de todo tipo, religiosas o paganas, recortes a veces trillados y a veces insólitos, etiquetas de productos (quesitos en porciones, latas de conservas...), folletos, publicitarios, prospectos de medicamentos, tiquets de una merienda en el bar con Jorge y con los nietos …

  Es muy entretenido ponerse a hojear algunos de sus libros porque literalmente son cajas-sorpresa. Descrito así como lo he hecho arriba no hace justicia a su intención, porque mientras yo transmito la imagen de un maremágnum o caos festivo de recuerdos, ella en sus anotaciones diarias quiere dar ordenada y detallada cuenta de que aquello sucedió, con su fecha, su qué, su quién o quiénes y, sobre todo, con sus porqués y para qué. Porque se explaya en datos y explicaciones. Y en cada rincón de esos libros puede uno demorarse con la misma curiosidad y cariño con que fueron puestos allí por las manos de Fe. Cuadra aquí muy bien cariño, tanto si proviene de "carecer, sentir nostalgia o añoranza" como si la palabra se originó en las manos (khéir), viendo ahora las de mi madre deformadas por la artrosis acariciando las hojas de su obra.

   De modo que eso que para cualquiera que se le cuente podría ser una colección de estampas, adornos y florituras, sin embargo en su intención es el testimonio documentado de una autobiografía familiar. Seguramente sea mucho más que eso, porque biografía suena a acabado y ella es de las escritoras que prefieren tricotar a terminar jerseys. Su obra es más bien el rastro escrito de sus vivencias. Y algo más importante: a veces, muchas veces, escribe para ella misma, que es la escritura más honesta. De ahí que muchos de esos escritos dejen significados que solo se muestran entre líneas, amparados en objetos que adjuntó con Novoprén a aquella página, cargados a su vez con un simbolismo no muy claro quizá ni para ella misma. Siempre he escuchado decir orgullosa a mi madre que aquello era arte y que pocas personas se dedicaban a algo de tal sensibilidad. Y siempre me sonrojé un poco al escuchárselo. Hoy que escribo esto no tengo la menor duda que aquello era cierto, sin cegarme en esa consideración el amor de hijo. Precisamente ayer me mostró su penúltima creación, un sobre hecho cuidadosamente con el envoltorio rojo de una tableta de chocolate Las Tres Tazas y dentro había etiquetas de latas de atún, cartones que envolvieron potitos de fruta que regaló a mi hijo, una servilleta del Dunkin Donut… y en sus reversos ella había dejado las correspondientes anotaciones de fechas, protagonistas y otros datos recogidos con esmero. Mi madre ya no dice que aquello sea una obra de arte. Menos orgullosa que hace años, se ha referido al sobre rojo como un “capricho”. Por muchos motivos estoy seguro de que ese sobre es un tesoro. Pero más seguro estoy del carácter terapéutico que escribir y confeccionar sus papeles ha tenido siempre para mi madre, en su sentido más riguroso. Escribir la alivia y escribiendo atiende sus dolores, frustraciones e inquietudes. Y por supuesto sus satisfacciones, que no son pocas. Vive en su escribir y pone la vida en sus escritos.



Jesús Megía López-Mingo
Febrero 2015

El ascensor de Jacob (2)

                             Dos

   Los demás acontecimientos de aquel día en la vida de Jacob bien habrían podido ser calificados de ordinarios de no haber sido precisamente por aquel encuentro. Todo adquirió un tinte misterioso y problemático tras la visita del cliente de la Gracia en funda de almohada. Cada nuevo cliente, cada tarea y cada imprevisto, una vez resueltos, parecían llevar una etiqueta suplementaria que dijera “pero aún te queda resolver lo imposible”. Así que a ratos perdidos –o más bien ganados- se dedicaba a investigar cómo conseguir aquella dichosa Gracia. Hubiera sido milagroso que sus compañeros guardaran alguna unidad del producto en las ubicaciones del meta-almacén, allá en el Sótano 1 del propio local. Preguntó a Josef y Samuel por si acaso y el milagro se esfumó en ambos en forma de encogimiento de hombros, doblamiento de codos y alzamiento de las palmas de las manos. “¿Y ya lo has bucado bien en la KABEZA?”. Jacob agradeció el interés pero no se molestó en contestar a eso, sino que se puso con otra ocupación y, en el siguiente rato ganado, contactó con la sucursal de El Almacén más cercana para que a su vez comprobaran si guardaban milagrosamente alguna Gracia en sus sótanos. El compañero que le atendió al otro lado del teléfono después de quitarle la ilusión a Jacob se permitió una improvisación así: “Bueno, normal que lo hayan descatalogado, se vendía fatal y eran de un gusto muy dudoso esas Gracias en funda de almohada. Las unidades que quedaban se fueron reciclando, realmente hubiera sido un milagro encontrar alguna a estas alturas. Mira, igual elaboraron con ellas Milagro en funda de almohada… ¿no le interesará eso a tú cliente ricachón?”. Pero aquel tipo de la otra sucursal no tuvo oportunidad de que su risa fuera escuchada por Jacob, que había colgado ya sin despedirse. A lo largo del día hizo varios intentos más por localizar la Gracia, pero aquella jornada se fue consumiendo sin avances. El sueño de Jacob aquella noche volvió a ser incómodo, pero no llegó a recordar de ese sueño más detalles que la risa socarrona del compañero que sustituía Milagro por Gracia.

   Sin embargo, la mofa telefónica sobre el reciclaje de artículos no carecía de fundamento en el particular mundo de productos distribuidos en El Almacén. Estaba claro que no existía algo como “Milagro en Funda de Almohada”, el milagro no se fabricaba y por eso mismo se reía aquel vendedor con su propia ocurrencia, pero sí que se reutilizaban los restos de artículos retirados por diferentes motivos. Se podría decir incluso que el reciclaje, la separación, mezcla y nueva fusión de materiales, era la base de la producción. O de la creación, si queremos ser espléndidos no sólo con los productores sino también con los que se dicen creadores. Aunque bien es cierto que hay creadores más modestos en sus pretensiones que no exigen ser llamados así, sino tan sólo creativos. Pero en ambos casos se sienten bien orgullosos de lo que dicen crear y, salvo casos de endiosamiento artístico, no se atreven a llamarlo sus “criaturas” sino sus creaciones. En el reducido ámbito del El Almacén, tan sólo un hombre reflejaba con alegre pasión su labor en esto de producir y "crear", Leucós el Ensamblador.

   Cuando Jacob acudió a ver a Leucós habían pasado dos días desde la visita de El Caballero. En ese tiempo había tramitado a la desesperada un pedido del artículo descatalogado a través de LUISMA, un comprador mayorista de últimas unidades. La probabilidad de recibir respuesta era remota, además de cara. Asimismo, tras ver que existía una unidad de Gracia en funda de almohada a El Almacén de Las Pedroñeras, la solicitó por valija convencional aun sin haber podido confirmar con la sucursal que aquella unidad era algo más que un número en el sistema. La solicitud era un trámite algo engorroso a nivel administrativo y se hizo a ciegas, pero Jacob debía usar cada uno de sus recursos. También por eso tomó el ascensor hasta el Sótano 3 para hablar con Leucós el ensamblador. Al fondo de la sala amplia de ensamblaje y parapetado por cientos de ingredientes, aquel hombre alto y corpulento, de pelo negro y ensortijado, de voz profunda y mirada enigmática se afanaba en su pasión. En aquel momento le cautivaba la recuperación de una Templanza en tapete para mesa rural circular con brasero. Enfrascado siempre en su labor, Leucós sin embargo atendía con gusto a quienes de cuando en cuando bajaban a consultarle dudas más o menos técnicas o, como ahora Jacob, le pedían casi imposibles soluciones para sus urgencias del día a día. Lejos de perturbarle, esas consultas eran como distracciones en el mejor sentido, como echar un pequeño trago de agua fresca para seguir pasando el plato principal con apetito.


   -Claro, tú quieres la Gracia pero no la que suele venir en funda achatada y con textura de relieve sino las otras ¿no?

   -Exacto: extensa y de textura refinada.


   Impresionaba cómo aquel tipo almacenaba los datos de tantos productos y los recuperaba con la misma facilidad e inmediatez con que, por ejemplo, otro empleado de El Almacén tomaba ese mismo artículo de su correspondiente estantería. Pero esta Gracia quizá no se almacenaba ya en muchos más lugares que no fueran la cabeza de Leucós. Y en el sistema. Entonces Jacob recordó la frase atribuida al maestro Anaxágoras de Clazomene: “los hombres y las mujeres piensan porque tienen manos”. Sólo de la cabeza y de las manos de Leucós podría recrearse una nueva Gracia en Funda de Almohada.


   -¿Color?

   -Sombra húmeda de ciprés-

   -Ufff, qué especialito el cliente ¿no? Esas ya no vienen hace unos meses ¿lo sabes?

   La cara de Jacob bastaba para responder a eso.

   -Bueno, textura refinada tengo ahí guardada para aburrir. Igual con Gracia separada de los colchones que vinieron tocados en la última partida… Tengo que mirártelo. Lo único el color, va a ser complicado que coincida para conseguir un sombra húmeda de ciprés. Si me dijeras un color taza-de-café-olvidada-en-el-despacho, un sangre-horchata-de-chufa o un viento-brasas-y-ceniza-en-la-chimenea… pues son más fáciles de obtener.

   -¿Y entonces?

   -Hombre, se le puede aproximar bastante la tonalidad y luego le puedes decir al señor que existen unos tintes especiales para funda de almohada.

   -¿Tintes? Pero no desteñirá los sueños.

   -Hombre, no te voy a engañar, casos se han dado. Tú ten en cuenta que no es un producto que distribuya El Almacén y la compatibilidad no se garantiza al cien por cien. Algo destiñen por fuerza. Pero tampoco tiene por qué transformarte los sueños en pesadillas; lo único, en este caso imagino que los sueños no tendrán tanta Gracia. Yo en lugar del cliente preferiría sacrificar el color y quedarme con la Gracia en los sueños, pero eso ya va en gustos. Una vez recuerdo que vendimos una Dicha en colcha de camastro, el cliente se empeñó en teñirla para que le hiciera juego con los visillos y, aunque tal vez se diluyó un poco la Dicha por efecto del tinte, el cliente fue dichoso gracias a que todo conjuntaba. Como ves, todo es relativo. ¿Te intento sacar una funda y así probamos?


   Como Jacob asintió, se puso Leucós a buscar los ingredientes por cajones y portezuelas, dejando provisionalmente aparcada la tarea que tenía pendiente con la Templanza para mesa con brasero. Cada vez que Leucós emprendía una Recreación el ritual era el mismo. Jacob había tenido el placer de verlo en varias ocasiones y además era algo bastante comentado en El Almacén. El enorme ensamblador iniciaba un breve preludio de búsqueda de ingredientes, oteaba sus cajones y archivadores murmurando, casi canturreando: “¿Dónde estás, corazón?”. Abría y cerraba cajones, medía, pesaba, comparaba, todo ello a ojo de buen cubero y sin más herramientas que sus gigantescas manos y sus ojos revestidos con unas negras gafas de pasta gruesa. Sus movimientos tenían la dedicación de un artesano, mimando o castigando cada pieza según conviniera, pero no trabajaba en el silencio de un ermitaño, sino que jovialmente iba comentando o sencillamente retransmitiendo lo que hacía. “¿Ves cómo aquí la urdimbre se trama con más dificultad con la Gracia? Eso es porque estoy usando la Gracia separada de las fundas de colchón. Y en los colchones viene la Gracia algo más tosca que para las almohadas, es natural, el tacto debe de ser otro. Pero eso se puede disimular un poco con vapor de azahar e hilvanando los bordes con un poco de hilo argentino”. Jacob lo miraba y lo escuchaba con admiración. Pocos espectáculos hay tan gratificantes como contemplar a una persona disfrutando de su trabajo. Sin embargo, algo le decía que aquel simulacro o Frankenstein de Gracia en Funda de Almohada no habría de satisfacer las necesidades de El Caballero.
(...)

Jesús Megía López-Mingo
Febrero 2012